L A tarde invitaba a pasear.
Era de esos días en los que sales a la calle sin un objetivo fijo, sólo con el
propósito de caminar y de practicar una de las aficiones que todavía conservo:
mirar escaparates. Da igual lo que se exponga detrás del cristal que sirve de
frontera entre los artículos que se muestran y nuestra imaginación.
Aquella tarde se celebraba
uno de esos días en que la cultura sale a la calle. En esta ocasión era la
música. Los acordes de un conjunto integrado por cuatro o cinco muchachos, no
recuerdo bien, llamaron mi atención y me encaminé hacia el lugar donde ofrecían
su actuación callejera.
Se trataba de un grupo que
con sus guitarras de rock y una batería estaban ofreciendo al público que
presenciaba su actuación una demostración de cómo la música clásica también
puede tocarse con esta clase de instrumentos roqueros y hacerla más divertida
al quitarle esa etiqueta de música seria y aburrida. Al menos, para los que no
somos muy entendidos en esta materia.
Aparte de esta adaptación de
la música clásica al rock, me ilusionaron otras cualidades de este grupo de
muchachos (creo recordar que se trataba del Grupo de Rock Talía o Agosto Frío)
que compagina su afición por la música con la ilusión que produce enseñar esta
materia a los niños. Era asombroso ver cómo estos muchachos lograron que los
más pequeños permanecieran atentos y escucharan las canciones que
interpretaban. El concierto llegó a su final y cada uno volvió a sus
actividades. Allí, en la calle, se quedó la esencia de un trabajo realizado con
mucho amor y mucho sacrificio. Quizá,
también quedó sobre la acera el agradecimiento de los que habíamos asistido al
concierto. La gente se dispersó y ya nadie comentó nada del concierto ni de
esos artistas anónimos que cada día alimentan nuevas expectativas basadas en un
arduo trabajo que no siempre da los apetecidos triunfos.
Días más tarde, en ese
espacio de tiempo que hay entre la vorágine del día que hemos vivido y la
tranquilidad que nos ofrece la noche que está por llegar, en un programa de
televisión, quiero recordar que tiene por nombre El hormiguero, vi cómo el presentador del programa anunciaba como
algo novedoso a una orquesta integrada por cerca de cien músicos que con
guitarras de rock interpretarían música clásica. El público que asistía en el
plató enloqueció con la interpretación de esta numerosa banda.
Este júbilo no se quedó
acompañando al silencio del estudio cuando se apagaron todas las luces, sino
que pude comprobar cómo al día siguiente un grupo de personas comentaba
asombrada la actuación de la banda que con guitarras de rock interpretó música
clásica en El hormiguero.
En ese momento recordé a los
modestos integrantes del Grupo de Rock Talía o Agosto Frío y me di cuenta del valor
que tiene una aparición en cualquier cadena de televisión. Por ello, desde esta
columna pido para estos músicos anónimos más oportunidades para que nos
deleiten con su música a los que poblamos las calles.
Por último, quiero hacer una
petición a las Juntas de Distrito para que organicen una especie de «Veranos de
la Villa» en los que estos maestros modestos de la música puedan mostrar su
arte y su trabajo.




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